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21/02/2008
EL ALMA, LA MENTE Y EL CEREBRO
Por: Rafael Ariza Guillén
Dedicado a mi amigo en la polémica, Fernando Iñigo.
Agradezco sinceramente a Fernando su dedicatoria en el artículo que publicó el 17 de Febrero en éste Aragón Liberal nuestro, y en justa reciprocidad con gusto le dedico éste, y acepto el reto de, cómo diría Don Quijote, meterme hasta los codos en eso que llaman aventuras ... intelectuales.
Completamente de acuerdo en la tendenciosidad evidente de muchas opiniones, digo opiniones porque no llegan a la categoría de teorías, sobre la inexistencia de que lo llamamos trascendencia basándose en desarrollos científicos. Y concretamente, en la línea de tu artículo Fernando, de acuerdo en calificar de simpleza, (el reduccionismo lleva a la simpleza) la afirmación implícita en el título de Eduardo Punset que citas, “El alma está en el cerebro”.
Que los procesos cerebrales son en su totalidad identificables con procesos bioquímicos y eléctricos es una afirmación que nadie puede rebatir. Las pruebas empíricas de ello son muchas, y cuanto más avance la investigación serán más. Naturalmente que la rabia, la ira, el amor, el miedo, la alegría, la pasión o el odio, son perfectamente reconocibles, o lo serán cuando avance más la investigación, en procesos físicos de nuestro organismo. Naturalmente que nuestro cerebro recibe estímulos externos, los procesa como datos, y genera la reacción que, sobre la base de la experiencia acumulada, y con los medios disponibles, resulta más propicio al fin básico para el que está condicionado nuestro organismo, la conservación de la vida. Pues claro que sí, para eso está el cerebro, para procesar los datos, del mismo modo que el estómago está para procesar la comida. Pero cuidado que además de ese, nuestras acciones persiguen otro fin, incluso con más intensidad que la propia supervivencia, ese fin no es vivir más tiempo, sino vivir más profundamente. Ese fin es entrar en comunicación con todo lo otro que no soy yo. Por eso existen la ciencia, la cultura y la religión. Es la tendencia, no sólo a comprender, lo cual nos llevaría a un fin meramente utilitario y para eso ya está el estómago, sino a fundirse con todo lo que no es mi yo pero sé que existe, y sé que existe porque yo no soy la totalidad.
Esa tendencia no es reconducible a uno o diez mil procesos bioquímicos o eléctricos, o electroquímicos. Precisamente es lo contrario, los procesos bioquímicos, ciertamente reales, que tanto fascinan a los científicos hasta el punto de llevarlos a la cima de lo existente, a una categoría cercana a lo divino, son en realidad el modo en que la realidad más profunda se hace patente en la materia. Son la forma en la que se hace carne nuestra innegable e ineludible tendencia a la trascendencia.
En una primera aproximación a ese proceso (sobre eso ha trabajado mucho Roger Penrose) llegamos a la conclusión de que aquellas conexiones neuronales, cuyo número tiene tantos ceros que es difícil de imaginar, generan algo que no es ya meramente materia interrelacionada, partículas chocando entre sí de acuerdo a un patrón preconcebido e inalterable, sino una realidad más sutil que ciertamente surge de la materia, pero no es ya propiamente materia. Es lo que se llama la mente. En esa cosa que conocemos como mente, que ni el materialista reduccionista, como dice Fernando, más recalcitrante puede negar que exista realmente, se encuentra eso que nos hace sentir tan felices, como dioses en una palabra, que se llama el yo. Pues bien ese yo inmaterial que parece haber surgido de la materia, digamos como una sublimación, percibe como su destino, como su sentido, como su fin esencial, trascender de lo concreto para alcanzar lo absoluto. Nos guste o no nos guste, o no les guste a algunos, a todos los yos les pasa eso.
Aquí viene la segunda parte del proceso, porque del mismo modo que el yo ha surgido de lo meramente material, de ese yo mental, se va haciendo realidad, realidad perceptible quiero decir, si se le deja, una forma de existir, más allá del individual y limitado yo, una forma de existencia cada vez más capaz de integrarse en la totalidad, de participar de lo absoluto por encima de la materia y por encima del yo, aunque aflorando desde esas realidades intermedias. Ese eso, lo que sea, trasciende a nuestra materia y a nuestro yo, pero los contiene, no es algo añadido, u oculto o externo, sino la verdadera sustancia que somos, de la que nuestra materia y nuestro yo, son meras visiones parciales. Si a eso le queremos llamar alma no es darle un mal nombre.
Así que puestos a construir frases llamativas, muy bien le podemos dar la vuelta al título de Punset y afirmar, con muchas más posibilidades de acertar que el, por muchas razones respetable y admirable Sr. Punset, “El cerebro ésta en el alma”.
13/01/2008
EL BIG BANG Y DIOS
Por Rafael Ariza Guillén
He leído un artículo interesante en Aragon Liberal firmado por Fernando Iñigo, en el que parece defenderse que el desconocimiento científico del origen del Universo, nos lleva necesariamente a la idea de Dios. Cuidado que la cosa no es tan fácil.
La conocida cita de Jastrow, que encabeza el artículo, ciertamente es ingeniosa, incluso sugerente, pero puede ser interpretada, y me temo que se hace en el artículo, de forma un tanto sugestiva. Decir que cuando los científicos se encaramaron al más alto pico del conocimiento allí estaban los teólogos, esperándoles desde hacía siglos, ésta es más o menos la cita, es admisible, pero decir que “Dios estaba allí”, es dar un salto en el vacío, es pretender recorrer de un solo tranco un abismo, cuya distancia, como mínimo cercana al infinito, hay que recorrer pasito a pasito.
La teoría del Big Bang, lo que se conoce como el modelo standard, no lleva necesariamente a la demostración de la existencia de Dios. Para empezar el Big Bang es sólo una teoría, o dicho de otra manera la mejor de las hipótesis de que disponemos a día de hoy, pero nada más. Para continuar, aun dando por válido el modelo que es lo máximo que podemos afirmar hoy, en él Dios ni falta ni sobra. No es necesario “a fortiori”, ni tampoco es prescindible “a fortiori”. Lo que sí podemos afirmar, corriendo el menor riesgo posible de equivocarnos, es que frente al absurdo de un origen “ex nihilo”, de la nada, del Cosmos (el Universo es otra cosa de la que no conocemos prácticamente nada), es razonable pensar que a la existencia en la que nos encontramos debió preceder otra forma de existencia. Lógicamente una existencia no caracterizada por las condiciones espacio-tiempo. Pero hasta ahí. Ponerle nombre (y menudo nombre) a esa forma de existencia y además atribuirle un acto de voluntad llamado creación, y todo ello apoyándonos en la teoría del Big Bang, no es sólo mezclar churras con merinas, ni es sólo especulación, es cometer un error gravísimo de fatales consecuencias. El error de recurrir al Dios “tapa agujeros”. Cuando algo no lo podemos explicar se lo atribuimos a Dios, es el peor camino posible, la historia lo ha demostrado demasiadas veces. Tarde o temprano la ciencia conseguirá resolver el enigma y nos obligará a retirar a nuestro Dios “tapa agujeros” un pasito más atrás.
El camino es otro, consistiría en preguntar a aquellos teólogos que los científicos encontraron en la cima del conocimiento por qué camino han llegado ellos hasta allí.
Si queremos encontrar, y reconozco que es una necesidad humana insoslayable, una razonada y razonable convergencia entre religión y ciencia, y siendo aún más audaces pretendemos afirmar que deberían ser, porque en el fondo lo son, la misma cosa, la misma búsqueda, no sería un mal camino el que iniciaron las intuiciones geniales de Theilard de Chardin. La evolución como cristificación. La historia de la existencia no como anodina historia del anodino tiempo de S. Hawking, sino como encarnación progresiva e imparable de la realidad plena, para decirlo muy aséptica y modestamente. Tal vez el Alfa se escape a nuestra capacidad de conocimiento actual, y el Big Bang desde luego no nos ilumina en nada sobre ese punto, o, en todo caso, es susceptible de ser interpretado "a gusto del consumidor", pero el Omega, a dónde vamos, podemos verlo generándose cada día, y cada día más. Podemos interpretar esa contínua complejización, claro está, de muchas formas, pero en éste caso, el proceso, en sí mismo, nos lleva más cerca que ningún otro planteamiento posible, a la idea de Dios. Es un camino, que es ciencia y religión a la vez. Es razonado y razonable. Y es un buen camino.
Una idea mas sobre la convergencia entre ciencia y religión. Preguntémonos que pasó, justo despues de que los científicos llegaran a la cumbre del conocimiento donde les estaban esperando los teólogos. ¿De que hablaron?¿Que se enseñaron unos a otros?¿En que estuvieron de acuerdo?¿Supieron reconocer los científicos que el hecho de que los teólogos estuvieran allí, no era una mera casualidad?¿Supieron reconocer los teólogos que sólo con la llegada de los científicos, aquella cumbre mereció el nombre de cumbre del conocimiento? ¿Ah...?
